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Cuando des vuelta entre las sábanas, en esa delgada línea entre el dormir y despertar, ahí dejé algo para tí.
En esa dimensión en el que los sueños se juntan con la realidad, en que todo es cierto pero nada es de verdad, planté un beso, y lo comencé a regar con los latidos de mi corazón.
Le compartí tan sólo un poco de mi vida, y echó raíces. Creció rápidamente y dió sombra sobre mi cabeza.
El viento sopló entre sus hojas, la luz y el polvo se colaban entre sus ramas, y de unos tallos al final de sus brazos, brotaban pequeños botones cerrados, que se abrían lentamente como los ojos de los recién nacidos.
Flores de azahar inundaron el aire, miles de pétalos blancos danzaban un vals descordinado y hermoso. Un cítrico aroma se apoderó del ambiente y el atardecer llegó, convirtiendo todo azul en naranja y media luz.
Y con el sol en la cara, apenas cubierto por el borde del árbol de mi beso, me senté a esperarte, en una banca antigua pero familiar. Una banca que describiste sin saber que yo ya la conocía. Una banca de la que escribí hace más de una década y cien vidas pasadas.
El cielo se oscureció y una brisa fresca bajó contigo, y me viste sonreír cuando te ví aparecer. Sonreíste también, justo antes de esfumarte.
Lejos... muy lejos... abrí los ojos. No había beso, no había arbol. No había banca ni azahar. No estabas tú.
Mi corazón seguía latiendo, no se detuvo, no murió...
Tomé mis pies, los lleve al cielo, y con la mirada en las estrellas suspiré...
"¿Dónde está mi corazón?"...
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